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== Relato == En diciembre de 2019 hubo un [[brote epidémico]] de neumonía de causa desconocida en [[Wuhan]], provincia de [[wikipedia:Hubei|Hubei]], China; el cual, según afirmó más tarde [[wikipedia:Reporteros sin Fronteras|Reporteros sin Fronteras]], llegó a afectar a más de 60 personas el día 20 de ese mes. Según el [[wikipedia:Centro Chino para el Control y Prevención de Enfermedades|Centro Chino para el Control y Prevención de Enfermedades]] (CCDC), el 29 de diciembre un hospital en Wuhan admitió a 4 individuos con [[wikipedia:neumonía|neumonía]], quienes trabajaban en un [[mercado mayorista de mariscos del sur de China de Wuhan|mercado de esa ciudad]]. El hospital informó esto al CCDC, cuyo equipo en la ciudad inició una investigación. El equipo encontró más casos relacionados al mercado y el 30 de diciembre las autoridades de salud de Wuhan comunicaron los casos al CCDC, que envió expertos a Wuhan para apoyar la investigación. Se obtuvieron muestras de estos pacientes para realizar análisis de laboratorio. * [http://weekly.chinacdc.cn/en/article/id/e3c63ca9-dedb-4fb6-9c1c-d057adb77b57 An Outbreak of NCIP (2019-nCoV) Infection in China — Wuhan, Hubei Province, 2019−2020 ] El 31 de diciembre, el Comité de Salud Municipal de Wuhan informó a la [[Organización Mundial de la Salud]] (OMS) que 27 personas habían sido diagnosticadas con neumonía de causa desconocida, habiendo 7 en estado crítico; la mayoría de estos casos eran trabajadores del mencionado mercado. * [https://promedmail.org/promed-post/ COVID-19 update (59): global, cruise ship, more countries, WHO [[International Society for Infectious Diseases]] 28 de marzo de 2020] El 1 de enero de 2020 el mercado había sido cerrado y se había descartado que el causante de la neumonía fuera el [[síndrome respiratorio agudo grave|SARS]], el [[wikipedia:del síndrome respiratorio de Oriente Medio|MERS]], [[wikipedia:gripe aviaria|gripe aviaria]] u otras enfermedades respiratorias comunes causadas por virus. El 7 de enero de 2020 los científicos chinos habían aislado el virus causante de la enfermedad, y realizaron la [[wikipedia:del genoma|secuenciación]] del [[wikipedia:genoma|genoma]]. Esta secuenciación estuvo disponible para la OMS el 12 de enero de 2020, permitiendo a los laboratorios de diferentes países producir diagnósticos específicos vía pruebas de [[wikipedia:Reacción en cadena de la polimerasa|PCR]]. El 12 de enero de 2020, las autoridades chinas habían confirmado la existencia de 41 personas infectadas con el nuevo virus, quienes comenzaron a sentir síntomas entre el 8 de diciembre de 2019 y el 2 de enero de 2020, los cuales incluían: fiebre, malestar, tos seca, dificultad para respirar y fallos respiratorios; también se observaron infiltrados neumónicos invasivos en ambos pulmones observables en las radiografías de tórax. * [http://www.who.int/csr/don/12-january-2020-novel-coronavirus-china/es/ Nuevo coronavirus - China 12 de enero de 2020] La OMS publicó el 17 de enero de 2020 una actualización de la guía provisional para pruebas de laboratorio para el nuevo coronavirus 2019 (2019-‐nCoV) en casos humanos sospechosos disponible (en inglés) en: * [https://www.who.int/docs/default-source/coronaviruse/protocol-v2-1.pdf?sfvrsn=a9ef618c_2 Protocolo PCR patentado por el [[Instituto de Virología del hospital Charité de Berlín]]. Versión inicial el 13 de Enero 2020. Versión definitiva el 17 de Enero 2020] La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró «pandemia global» el 11 de marzo de 2020. A finales de abril, esta organización ya aseguró que se habían registrado más de 2,5 millones de enfermos en más de 210 países, áreas y territorios, y cerca de 200.000 muertes. . Los medios de comunicación orgánicos señalaron que los diez países con mayor número de infectados eran Estados Unidos, España, Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, Turquía, Irán, China y Rusia. WUHAN: UN SUCESO LOCAL DE ALCANCE GLOBAL La megalópolis de Wuhan, con 11 millones de habitantes, es la capital de la provincia de Hubei y la urbe más importante de la zona central de la República Popular China. Hasta hace poco más de seis meses, no eran muchos los occidentales que habían oído hablar de este centro político, económico, financiero y cultural del gigante asiático. Wuhan tiene cuatro parques de desarrollo científico y tecnológico, más de 350 institutos de investigación, 1.656 empresas de alta tecnología, numerosas incubadoras de empresas e inversiones de 230 empresas que forman parte de Fortune Global 500 (las primeras 500 empresas del mundo). Debido a su importancia en la economía del país, a Wuhan se la conoce como «el Chicago de China», circunstancia que no deja de resultar llamativa si tenemos en cuenta que hasta antes de ayer casi nadie en Europa habría sabido situarla en el mapa. Pero Wuhan es, además, el centro desde el que irradió, hace casi sesenta y dos años, una persecución religiosa. Allí, los católicos sumisos al régimen comunista rompieron con Roma y constituyeron la Asociación Patriótica Católica China, una nueva religión al servicio del partido único[5], que instigó con mayor énfasis a los católicos romanos. Este dato de Wuhan como foco de varias tipologías de «virus» no es en absoluto baladí en el contexto de la imposición de un nuevo orden mundial en el que las élites globalistas también tienen diseñada su nueva «religión mundial». En China, como en otras partes del mundo, «todo está bajo control». O así lo creen firmemente. ¿Se equivocan? El banco de virus más grande de Asia En Wuhan se encuentra el Centro de China para la Colección de Cultivos de Virus (CCVCC), en el Instituto de Virología de Wuhan (WIV), considerado el «centro más importante de colección de cultivos a nivel nacional». El Partido Comunista Chino (PCCh) considera a las especies y muestras de microorganismos patógenos recursos estratégicos esenciales para garantizar su seguridad, tanto social como económica y biológica. Así, el centro está orientado a las necesidades estratégicas y desempeña un papel clave en los campos de la seguridad nacional y de la investigación en ciencias de la salud pública. Es decir, un centro biológico al servicio de la defensa nacional, de la guerra y del statu quo. El CCVCC se estableció en 1979 y, diez años después, pasó a formar parte de la Federación Mundial de Colecciones de Cultivos (WFCC). En 2015 se unió al proyecto European Virus Archive be global (EVAg), sufragado por Horizon 2020, el Programa de Financiación de Investigación e Innovación de la Unión Europea (UE) y, en octubre de 2017, obtuvo la calificación más alta por su sistema de gestión de calidad. O sea, que China y la UE colaboran en el campo científico. Se trata del banco de virus más grande de Asia, sustentado, apoyado y financiado por los organismos oficiales que controlan y promueven la investigación a nivel mundial. Interesante dato a tener en cuenta para comprender lo que está pasando. El CCVCC de Wuhan habría comunicado a la OMS la detección de la COVID-19 el 31 de diciembre de 2019, pero las informaciones aún hoy siguen siendo confusas. En un primer momento, el virus se vinculó principalmente a un grupo de trabajadores de un mercado mayorista al aire libre de la ciudad. Ese último día de diciembre, las autoridades chinas notificaron 27 casos de neumonía de origen desconocido, siete de ellos graves. La causa de la dolencia fue identificada el 7 de enero como COVID-19 y, unos días más tarde, China comunicó que el virus, que procedía de un murciélago, podía transmitirse de persona a persona. El número de afectados no dejó de crecer desde entonces, pero los gobernantes de muchos países del mundo, como España, Estados Unidos, México, Colombia, Francia o Italia, entre otros, aseguraban que los «expertos» que les estaban asesorando afirmaban que el virus no era en absoluto peligroso. Recordemos que el protocolo que recibieron los médicos españoles por parte del Ministerio de Sanidad insistía en que si se llegaba «de un viaje desde una zona de riesgo» se hiciera «vida normal en familia, con amigos y en el ámbito escolar y laboral». Fue a partir del 31 de diciembre de 2019, cuando en China se instalaron termómetros infrarrojos en aeropuertos, estaciones de ferrocarril y de autobuses, y las personas con fiebre fueron trasladadas a centros médicos. A finales de enero y principios de febrero, se ordenó a la población de las zonas más afectadas, como Wuhan y Huanggang, que se encerrasen en sus casas. Solo estaba permitido salir de ellas cada dos días y, únicamente, para comprar alimentos y medicinas. Comenzó entonces una campaña publicitaria y propagandística en los medios de comunicación globales en los que China aparecía como una auténtica heroína. Su inteligente modo de tratar el gravísimo problema, que le había sobrevenido de forma natural y del todo imprevista, provocaba las loas y alabanzas de intelectuales, periodistas, políticos y científicos oficiales. De un caos incontrolable en sus hospitales pasó a disponer de centros sanitarios en solo una semana. Las imágenes se repetían en los informativos de todo el mundo. Sin duda, China era el ejemplo que todos debíamos copiar, porque el virus amenazaba con alcanzar cada rincón del planeta e iba a matarnos a todos si no hacíamos lo que el gigante asiático nos enseñaba. En la primera semana de marzo, tras más de 3.000 muertos (cifras oficiales), el Gobierno chino anunció que lo peor de la epidemia ya había pasado. El 19 de marzo aseguró que no se había registrado ningún caso en la población y, durante la semana siguiente, la provincia de Hubei reportó un solo caso al día. Entonces el Gobierno declaró el final del periodo de crisis. Sin embargo, los datos ofrecidos por las autoridades chinas despertaban inquietantes dudas en ciertos gobernantes, ciudadanos y periodistas internacionales independientes. Las cifras eran, como poco, sorprendentes: 82.692 personas contagiadas y 4.632 fallecidos. ¿Cómo era posible? En el momento en el que escribo este capítulo del libro (finales de mayo), en España se han registrado más de 20.000 muertos por coronavirus, mientras que el número de infectados supera los 200.000, según datos oficiales (a los que muchos pronto dejaron de darle credibilidad). En Italia, cerca de 190.000 contagiados y 25.000 fallecidos. En Francia, 160.000 personas contagiadas y más de 20.000 muertos… Estas cifras no reflejan el impacto de una pandemia. En caso de que esta sea real. Las cifras de personas infectadas y fallecidas en China siguen siendo un misterio. La censura innata del Gobierno comunista chino sobre los medios de comunicación nos impide conocer el alcance de lo ocurrido. ¿Hay más infectados y muertos de los que ofrecen sus comunicaciones oficiales? El control del Partido Comunista Chino no conoce límites. Entre los primeros médicos chinos que alertaron de la presencia de la COVID-19 se encontraba Li Wenliang, de treinta y cuatro años, un oftalmólogo de la ciudad de Wuhan que fue detenido a principios de enero por difundir información sobre el coronavirus. El joven médico había enviado un mensaje a sus amigos para alertarles sobre la presencia del virus. La Comisión de Salud Municipal de Wuhan emitió una alerta informando a las instituciones médicas de la ciudad de que una serie de personas padecían una «neumonía desconocida» y prohibían a los facultativos divulgar información sin autorización oficial. Wenliang fue citado en una comisaría y amonestado por difundir aquellos mensajes. Fue obligado a reconocer que había cometido «un delito menor» y a asegurar que no volvería a incurrir en «actos ilegales». El 6 de febrero, Li Wenliang murió de un fallo cardíaco, provocado por el virus, en el Hospital Central de Wuhan. Eso fue lo que afirmaron los medios del régimen. Oficialmente, fue una muerte normal. LA «ORDEN»: CONFINAMIENTO DE LA POBLACIÓN El 11 de marzo de 2020, el día que la OMS declaró la pandemia global por el coronavirus, esta organización pidió a los Gobiernos de los Estados del planeta que adoptasen medidas de «distanciamiento social» por el riesgo de propagación. En España comenzó la suspensión de fiestas, eventos deportivos y el cierre de comercios, centros de ocio y religiosos. Empezó a generalizarse el teletrabajo y las colas en los supermercados se convirtieron en las imágenes más destacadas de los informativos, junto al caos hospitalario, que, casualmente, era similar que el que mostró China. El Gobierno español decretó el estado de alarma y el confinamiento de todo el país para los quince días siguientes. En Italia, país en el que tanto el número de casos detectados como el de fallecidos era, en ese momento, considerablemente superior al de España, estas medidas llevaban ya una semana en funcionamiento. La OMS alertó de que «su pandemia» se aceleraba y respaldó los confinamientos de la población como «la forma de parar el contagio del virus». Además, pidió «tácticas agresivas», como «testar todos los casos sospechosos, cuidar a los confirmados y asegurar la cuarentena de los contaminados». El 26 de marzo, en España se registraban ya más de 57.000 casos de infectados y más de 4.000 muertos, según la oficialidad. El 4 de abril, el estado de alarma se prorrogó, hasta el 26 de abril, mientras el número de contagiados y de fallecidos, según alertaban los expertos oficiales (cuya identidad desconocíamos), seguía en aumento, y otro tanto sucedió el 22 de abril, ampliándose el confinamiento de la población hasta el 9 de mayo. Nos iban administrando el confinamiento en una suerte de fases; así contenían nuestra rebeldía. El objetivo, para los expertos, era «aplanar la curva» de contagios para evitar que el sistema sanitario se colapsara. Y las curvas se hicieron muy populares. La decisión de confinar a la población en sus casas ha traído numerosas consecuencias. Y no solo económicas, que serán inconmensurables, sino psicológicas. De repente, todo lo que dábamos por hecho, hasta lo que parecía más insignificante, como dar un paseo o ir a tomar algo con los amigos, pasó a ser algo imposible. Fue prohibido. Y, por supuesto, a esta traba se añadieron el dolor provocado por la gravedad de la crisis sanitaria, la preocupación por nuestros familiares y amigos, y la angustia causada por las dramáticas cifras de fallecidos, las mayores registradas en tiempos de paz. Morían los ancianos y a sus familiares les prohibían velarlos. ¿Qué estaba pasando realmente? Era una situación inédita, muy difícil de sobrellevar. Los niños dejaron de ir al colegio y se pasaban las horas metidos en casa, sin que pudieran realizar juegos al aire libre. La actividad económica desapareció o, en el mejor de los casos, se ralentizó, y en España ni siquiera se permitía (sí lo hacían en otros países europeos) salir una hora al día a hacer un poco de ejercicio. Nuestra cotidianidad se dio la vuelta y nos aseguraban que la vida no volvería a ser la que conocíamos. Por si fuera poco, las dudas que creaban los datos oficiales de contagiados y fallecidos hacían que la situación se volviese aún más difícil de sobrellevar. A finales de abril de 2020, según datos oficiales, cerca de 2,5 millones de personas habían sido confirmadas como casos de coronavirus en todo el planeta. Estados Unidos era el país con la mayor cifra de contagios, con más de 600.000 casos y 31.000 muertes. España ocupaba el segundo lugar, con cerca de 185.000 contagios, seguida por Italia, con 168.000. Tras estos dos países se encontraban Francia y Alemania, con 147.000 y 137.000, respectivamente. Reino Unido se situaba alrededor de los 103.000. Sorprendentemente, China, epicentro de la crisis unos meses atrás, reportaba 83.000 casos[6]. ¿Todos esos datos eran reales o se estaban inflando de manera interesada para contribuir a algún fin que se ocultaba a la ciudadanía global? El confinamiento de Wuhan… El 23 de enero, las autoridades chinas decretaron el «cierre» de la ciudad de Wuhan. Llamativamente, un día antes habían salido los dos primeros infectados chinos por coronavirus hacia Italia. La pregunta es inmediata: ¿cómo es posible que, conociendo la velocidad de propagación del virus, se permitieran vuelos internacionales desde el epicentro de la pandemia? ¿Por qué no se cerraron las fronteras en cuanto las autoridades sanitarias supieron lo que estaba en juego? Algunos países sí lo hicieron, como Corea del Norte o Rusia. Dato sorprendente… Cabe preguntarse: ¿quizá porque son países que conocen y utilizan los mismos mecanismos de control y sabían que no debían permitir la entrada de ningún ciudadano chino sospechoso de haber contraído el virus? Y lo que era aún más grave: ¿podrían ser los líderes y gobernantes de determinados países del mundo cómplices, en mayor o menor medida, del perverso ataque que estábamos padeciendo al aplicar ciertas políticas aconsejadas por «expertos»? Las llamadas a la calma que presidentes y ministros, periodistas, celebrities y científicos hicieron en un primer momento y la posterior lentitud y la supuesta ineptitud a la hora de tomar soluciones evidencian que lo ocurrido, como poco, es un juego muy sucio. Y una última cuestión: ¿cuales son los vínculos de la OMS con China? Según el periodista chino independiente Yuan Lee el actual director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, tras su visita a China para valorar la situación de la pandemia, recibió 20 millones de dólares por parte del Partido Comunista Chino. * [https://gloria.tv/post/2NNicfxM2md34nnWdZb1EosKo Desenmascarando la relación entre la OMS y el Partido Comunista Chino] Durante las semanas que siguieron a la declaración de Pandemia por parte de la OMS, China se hizo con el control absoluto de los materiales sanitarios imprescindibles para hacer frente al coronavirus. Ellos eran los principales proveedores tanto de test PCR como de equipos de tratamiento y protección para los sanitarios, y se ignoró, de forma sospechosa, a los empresarios nacionales especializados en el sector. ¿Por qué? Fueron cientos las empresas chinas sin licencia las encargadas de vender al resto del mundo productos que en ese momento todos necesitábamos. Hablamos de un país en el que la corrupción y la falta de transparencia son «marca de la casa». Y España, como otros países, lo está aceptando. * [https://www.elmundo.es/espana/2020/04/09/5e8e0f3421efa0e8588b469e.html El Gobierno mantuvo inutilizados a más de 300 laboratorios disponibles para hacer PCRs durante el primer mes desde que declaró el Estado de Alarma] EL PAPEL DE LA OMS Durante la segunda quincena de enero de 2020 se registraron casos de coronavirus en Tailandia, Japón, Corea del Sur, Vietnam, Estados Unidos, Francia, Italia, España…, todos ellos en personas provenientes de Wuhan o de alguna otra ciudad china. Estados Unidos fue calificado como el país con más casos de coronavirus. El presidente estadounidense, Donald Trump, culpó a la OMS como responsable del desastre por titubear en su gestión y cometer errores que han costado la vida a centenares de miles de personas en el mundo. Además, la acusó de privilegiar a China en la crisis y de minimizar la amenaza del coronavirus durante las primeras semanas de su expansión. El epidemiólogo Bruce Aylward, que lideró la misión de la OMS a China en febrero para analizar los efectos de la pandemia, se defendió de estas acusaciones alegando que «China es un socio muy importante de la crisis. Su experiencia era absolutamente esencial y por ello trabajamos codo con codo con ellos [las cursivas son mías]». Las denuncias contra la OMS no cesaban, pero los medios de comunicación masivos no las difundían, no nos daban voz. Somos muchos los periodistas y científicos que hemos criticado a la OMS por negligencia, inacción y corrupción. ¿Por qué la OMS y el PCCh no alertaron antes de la situación? Si eran conocedores de la rapidez de la propagación del virus, ¿por qué no compartieron con el mundo lo que sabían acerca de la pandemia hasta el mes de marzo, cuando ya había casos de coronavirus en más de cien países? UN ESPEJO PARA COMPRENDER: TAIWÁN Taiwán, una pequeña isla a mil kilómetros de Wuhan, es uno de los pocos lugares del mundo que ha logrado contener el coronavirus, reportando en seis meses tan solo siete muertes y 443 casos de COVID-19, en la mayor parte contagios «importados». Lo más llamativo es que ni siquiera fue necesario adoptar las drásticas medidas que sí se impusieron en el resto del planeta, como el encierro en casa. 1. Test, test y más test… Los «expertos oficiales» aseguraban que la detección de los casos ha sido el factor fundamental para contener la extensión de la pandemia. Taiwán fue por libre desde el primer momento, sin esperar ni hacer caso de las instrucciones de la OMS. Krys Johnson, profesora de Epidemiología de la Universidad de Temple (Estados Unidos), asegura que los test han marcado la diferencia entre las naciones que han demostrado mejores resultados en su batalla contra el virus y otras donde el número de casos aumentó rápidamente: «Corea del Sur ha estado analizando a unas 10.000 personas por día, lo que significa que evalúan a más personas en dos días que los que ha analizado Estados Unidos en más de un mes». La OMS criticaba que muchos Gobiernos solo hacían pruebas a los pacientes más graves, lo que falseaba las estadísticas y propiciaba que personas con síntomas leves o los asintomáticos continuasen propagando el virus. Parece que a la OMS le importaban más las estadísticas que las vidas. Es paradójico que el principal problema fue que nunca hubo test a disposición de la población. ¿Qué pretendía exactamente la OMS? ¿Le interesaba sembrar el caos y el pánico en las personas? Y los gobernantes nacionales, ¿a qué se debía su torpeza para conseguir test? 2. Aislar a los contagiados Decía la oficialidad que la realización de pruebas permitía aislar a los enfermos y evitar que se propagase el virus. Esto abriría la posibilidad de detectar posibles contagios que todavía no habían desarrollado síntomas y aislarlos, como hicieron en Taiwán desde el primer momento. Pero no había instrumentos para realizar tales pruebas. 3. Preparación y reacción rápida Según el doctor Tolbert Nyenswah, principal responsable de la OMS en el combate contra el Ébola en África Occidental, uno de los elementos básicos para la contención de un virus es reaccionar rápidamente antes de que los contagios se diseminen por la población. Pero los Gobiernos no reaccionaban. Todos estaban confundidos con informaciones contradictorias y con sus propias ambiciones de poder. Un artículo publicado en el Journal of the American Medical Association sobre la respuesta de Taiwán sugería que la contención que logró la isla respondía parcialmente a la preparación que habían desarrollado para eventuales situaciones de este tipo desde que en 2003 crearon un comando central para el control de epidemias. «En Europa y Estados Unidos hemos visto que no solo faltaba preparación, sino que se ha reaccionado tarde», señaló el doctor Nyenswah. Sin duda, Taiwán conoce el juego del poder globalista y del PCCh. De este modo, antes de que se confirmara la transmisión del virus de persona a persona a mediados de enero, Taiwán examinaba a todos los pasajeros provenientes de Wuhan. Y cada médico recibió instrucciones de reportar los datos de cualquier paciente con fiebre o síntomas respiratorios agudos y antecedentes de viajes recientes a Wuhan. Pero eso mismo estaba haciendo Italia. Yo pasé el fin de semana de San Valentín (13, 14 y 15 de febrero) en Milán y a la entrada al país, en el aeropuerto, había médicos tomando la temperatura a todos los viajeros. E Italia ha sido después uno de los países más perjudicados. Está claro que las fuentes que narran esta historia son interesadas y atacan a los más ingenuos y a los que desconocen el mecanismo de sus mentiras. A Taiwán no lo han engañado esta vez. Tiene sobrada experiencia en tratar con las mentiras del PCCh. 4. Promover medidas de higiene Realmente, todo parecía un timo. Un virus gravísimo al que, según la OMS, se combatía lavándose las manos. El doctor Nyenswah señaló: «Muchos países asiáticos aprendieron con la experiencia del SARS en 2003, y son naciones donde existe una conciencia de practicar medidas de higiene no solo para no enfermar, sino para no contagiar a los demás, lo que es fundamental en estos casos». Las calles también se desinfectaron y limpiaron, algo que debería ser la norma, y no solo en tiempos pandémicos. En Singapur y Taiwán, las estaciones con gel antibacterial en las calles son una constante y el uso de mascarillas estaba extendido incluso antes del coronavirus. Teniendo en cuenta todos estos factores y el hecho de que Taiwán tomó las precauciones correctas, la pregunta resulta inevitable: ¿cómo es posible que la todopoderosa OMS no alertara al planeta de lo que podía suceder si no se tomaban medidas inmediatas? Al principio, la OMS alabó a Taiwán, pero después de que el Gobierno chino llevara a cabo determinadas maniobras y de que el presidente de Estados Unidos intercediera a favor de la soberanía de la isla, todo cambió. ¿Estábamos asistiendo a una grave enfermedad o a una guerra global?
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